JOAQUIN TOLOS

 

En la Clotada, donde estaban las escuelas viejas, había un campo de fútbol hasta el año 30. Los jugadores de aquellos tiempos eran los siguientes, los hermanos Alfonso y Santiago Vidal Ortí, Florentino, Martí, Niñerola, Augusto, Eulogio Andreu, Norret, Simó Arasa, Emilio Sabre, Jinio, lo Manet, y varios más, que entrenaban allí todas las tardes.  Los vestuarios estaban en el Cine Club. En el 31, al entrar la República, se hicieron las escuelas, así que el campo se trasladó a otro sitio.

 

Después, en la parte de debajo de la fábrica de muebles de Garcia-Sabaté, había una piedra, como una lápida, llamada la Creu de Raimundo. Allí había una finca llena de almendros muertos. Los chicos aprovechamos aquel lugar para crear un campo de fútbol, Peña Calavera. El lugar estaba todo lleno de piedras tan grandes como huevos de gallina, que los jóvenes tuvimos que sacar con infinidad de viajes de carretillas.

El primer partido que jugué allí lo hice con la Peña Guzmán de Amposta, que el Sr. Simón Arasa (más tarde maestro de música de la Banda de La Sénia) invitó a subir en condición que se tenían que dejar perder. Pero la realidad fue que al cuarto de hora les marcamos un gol, a lo que ellos querían empatar el partido, y fue tal la rivalidad que terminamos a puñetazo limpio y con una victoria a nuestro favor.

 

Los jugadores eran los siguientes, Salvador Mormeneo, Caviscol, Ventura, Jesús Llobregt, Vicente Sorlí el Cistellé, y un servidor con 13 años ya empezaba a jugar con la Peña Calavera.

 

Luego se cosntruyó el Campo Buenos Aires en les casetes. Pero estalló la Guerra Civil en el 36 y me tuve que incorporar al ejército. Entre rojos y fascistas pasé 6 años en filas. Cuando me licenciaron empecé a jugar de nuevo.

 

En el campo de fútbol “Buenos Aires” jugué en muchas ocasiones. Todos los días que había partido, primero los jugadores teníamos que sacar con carretillas las piedras del terreno de juego, y aunque cada vez se sacaban, también cada vez había más. Además marcábamos el campo, plantábamos las puertas, hinchábamos los balones, y a jugar. Los vestuarios estaban en el Molino de Seda. La entrada aunque normalmente era gratuita, también en ocasiones se hacía pagar 10 céntimos, cuando subíamos butacas del Centro y los que pagaban se sentaban.

 

Teníamos en La Sénia un equipo de fútbol, en aquellos tiempos, bastante regular. Como portero estaba Ramón Torrens, que en paz descanse, y los jugadores eran, Emilio Ferré Pla, que también nos dejó, Juan Vallés “Botiga”, gran amigo mío que se marchó a Barcelona a trabajar en un taller mecánico. Le iba muy bien, y en cierta ocasión me dijo: “los coches o me salvarán o me matarán”, y desgraciadamente así fue. El dueño del taller donde trabajaba casaba a su hija en el Monasterio de Montserrat. Mi amigo era el encargado de subir a la novia hasta dicha iglesia. Estando el novio y todos los invitados allá arriba, vieron que el vehículo con la novia no llegaba…habían tenido un accidente. Cayeron por un barranco y murieron ambos.

 

David Ferré Bonet, otro gran jugador y un hueso duro de roer para los contrincantes que entraban en su terreno, los hermanos Joaquín y Agustín “Toyes”, todos muertos ya, Joaquín Juni, Jaime Bolero, David Ferré, Silvestre, Arnau, Joaquín Tomás “lo solo”, Mateu, que fue conductor de trenes y un grandísimo portero, Nisio, Ferré “lo Minero”, un servidor, Joaquín Tolós y algunos más que seguro que me dejo.

 

 

En el Santa Barbára jugaban en aquellos tiempos, el Rago, Magriñá, el abuelo Pepet. Y en el Ulldecona, Sansano de portero, Poy, Bordes, Ralet, Sabaté, etc. Todos buenos jugadores.

 

 

 

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